Siempre soñaba, no podía evitarlo. Cerraba los ojos y enseguida podia transformar la realidad.
Era ahí, en ese mundo donde todo podía concretarse.
Tendida, inmóvil sentía mi cuerpo, cada parte. En ese perfecto instante, comenzaban a crecer un par de alas en mi espalda, tímidas, casi transparentes. Brotaban húmedas con las plumas apelmazadas; con mi calor las agigantaba, las pintaba de blanco, de gris y de colores; les daba consistencia, les daba fuerza, les permitía abrirse de a poco, agigantarse silenciosas, desplegarse. Calladas al principio para no despertar a nadie, comenzaban un aleteo de práctica, para finalmente buscar el viento que pasaba por la ventana. Sin rumbo fijo, indecisas se arremolinaban en el aire dejándose llevar. No había límites, no había prisión. Todos los mundos podían surcarse en un vuelo o dos. Abiertas y ruidosas, alborotadas y veloces me dejaban ser lo que quería, pasear por los desiertos y los bosques, tomar agua del deshielo, bailar en las montañas, correr con las jirafas, entrar en los templos, en las cuevas, al misterio. Esconderme en los castillos, cruzar todas las murallas, atisbar conciertos, peleas, entierros. Avanzar en el tiempo, volver atrás, poder sentarme y descansar. Interminables recorridos, infinitos, mas allá de la vida, mas allá de la muerte.