Lo que más me llamaba la atención de Sixto no eran sus años, su pelo cano, las arrugas del mentón, ni el lunar que tenía cerca de la nariz. Eran sus ojos, esa mirada a la vez perdida y encontrada, con incipientes lágrimas a punto de estallar. Eran los ojos que miraban para atrás, sin hablar, decían, hablaban del trabajo duro en tiempos pasados
El solía estar en la salina, cerca de Médanos. Esa laguna rosa, por las tardes llena de flamencos y una enorme parva que apalear al sol. El había sido testigo del crimen brutal, nunca lo pudo olvidar.
Toda la familia del administrador había sido asesinada por el capataz, para saber donde estaban las llaves de la caja fuerte . Como la lealtad era un valor preciado en aquellos tiempos nadie había delatado el escondite , protegiéndolo con la vida.
Don Sixto fue el primero en hallar los cuerpos. Vivía en la casa de al lado y había escuchado ruidos desacostumbrados. Cuando entró vio en el suelo de la cocina, degollados, a Marta, sus dos pequeñas hijas y a Martínez, el administrador. Fue ese cuadro desgarrador que le dejó la mirada triste, amarga . Pero su dolor se hizo más hondo y eterno cuando encontró en el galpón de las máquinas, colgado en la viga central, el cuerpo sin vida del capataz, su hijo Omar.
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