miércoles, 19 de mayo de 2010

EL VIEJO


 El viejo se había quedado solo en la casa.
Primero se había ido el hijo a vivir afuera, no sé muy bien adonde, pero lejos, porque no se lo vio más.
Después de uno o dos años se casó la hija, la rubiecita que hacía todos los días los mandados, barría la vereda y seguramente se ocupaba de los padres. Nunca volvió.
Las persianas quedaron bajas, el foquito del zaguán se quemó una noche y nadie lo cambió.
Un día vino la ambulancia y se llevo a Doña Elsa. Tampoco volvió.
El viejo salía día por medio y  daba vueltas manzanas con la cabeza gacha. Las conté, a veces eran cinco a veces, seis. Seguro que le habían dicho que tenía que hacer ejercicio. Después entraba y volvía a salir con una bolsa de red plástica para ir hasta el antiguo almacén de la otra cuadra que ahora se había transformado en un mini supermercado chino. Traía dos o tres cosas, galletitas, yerba, a veces un salamín, otras unas latas de paté. Cuando llegaba  a la casa, luchaba un rato con la llave, no sé si la cerradura no andaba bien, o le temblaba el pulso, al final conseguía entrar.
La casa quedaba inmóvil, yo cruzaba la vereda e intentaba escuchar. No se oía  la radio, ni un televisor que nunca supe si tenía, no se oían pasos, ruidos de muebles. No se oía nada.
Yo no podía dejar de pensar qué estaría haciendo el viejo. Me lo imaginaba sentado en la cocina, con la pava y el mate, tratando de recordar los buenos tiempos, si habían existido alguna vez. Lo imaginaba acostado en la cama, mirando el techo, rabioso con los hijos que no lo venían a ver; o sentado en el patio entre las plantas desprolijamente crecidas, oliendo a verde, a jazmín, a tierra, tratando de seguir a un pajarito con la vista que  estaba fallando.
Yo trataba de imaginarme su soledad. Angustiado, ansioso, resignado. Esperar así era morir un poco cada  día, por eso lo observé durante meses cuando salía, cada vez más flaco, el pelo largo despeinado e hirsuto, los pies que se arrastraban, la bolsa del mercado cada vez más pesada. Un día sorpresivamente las persianas subieron hasta el tope, las viejas cortinas de voile amarillentas dejaron entrar la luz. Salió a la vereda con una silla desvencijada, se sentó en la puerta y se quedó más de una hora, viendo pasar la gente, saludando a todos con  un gesto de la mano.  Entró, dejó la puerta abierta.  La mañana siguiente la vecina de al lado,  lo encontró dormido en el sillón, con las manos cruzadas sobre una foto amarilla de toda su familia. 

1 comentario:

Hexilia dijo...

la familia siempre estuvo con el
auqnue vivia lejos.