jueves, 3 de junio de 2010

ELLA

No era ni muy alta ni muy bajita. No era delgada , tampoco demasiado rellenita. Sus ojos grises arratonados le daban una expresión entre melancólica y graciosa. El pelo le llegaba a los hombros. Era un corte recto que había practicado año tras año frente al espejo y que de cualquier manera nunca podía perfeccionar, siempre había algún mechón que se salía de  escuadra. Las orejas escondidas, eran chiquitas  apenas despegadas haciendo juego con la imagen de ratón. La boca era perfecta, los dientes blancos en fila, los labios carnosos sin exagerar, pero estaba ahí seca y silenciosa, esperando su oportunidad.
La nariz recta, fina y corta , no desentonaba.
Siempre se vestía de negro con un toque pequeño de color en algún accesorio, como el pañuelo al cuello, a veces el cinturón o en invierno las boinas de lana de múltiples colores que se atestaba torcidas, como en Paris.
Nadie podía adivinar su edad. Algunas mañanas parecía cincuentona, agobiada y pesada;  a veces daba la impresión de una adolescente entusiasmada, otras, era un misterio.
Todas los días el subte la llevaba después de caminar tres cuadras a la oficina que la había atrapado con promesas de ascenso y mejoras, hacia mas de veinte años. De vez en cuando alguna bonificación  o premio la ilusionaba, pero seguía ahí, en el mismo escritorio, haciendo las mismas cosas, adecuándose a las nuevas tecnologías que disfrazaban la rutina. Se había quedado  tan solo con su titulo de bachiller comercial y a pesar de las infinitas averiguaciones nunca se había animado a ningún curso o capacitación . Era como abrir una puerta a lo desconocido y eso no le estaba permitido.
El departamento donde vivía desde que tenia uso de razón lo había heredado de sus padres. No había hecho muchos cambios, solo a veces compraba algún adorno en el enorme bazar a la salida del subte como para modernizar el lugar, cositas que terminaban engrosado la lista de chucherías de mal gusto,  que se acumulaban en el cuarto extra.
Pasaba muchas tiempo fuera de su casa. Entraba a las nueve a la empresa, trabajaba  corrido y muchos días se quedaba haciendo horas extras hasta las ocho. Salía al mediodía a almorzar al barcito de la esquina , con los compañeros, con los cuales no hablaba mucho pero que por dentro la hacían reír con sus chistes de doble sentido, las imitaciones de los jefes y la burla constante a la realidad del país. Era un rato corto que pasaba sin intimar demasiado, cosa que la dejaba tranquila, porque de ella no quería hablar ni creía tener mucho que contar.
Hacia tiempo que había abandonado todos los pensamientos y reflexiones sobre lo que le tocaba vivir, ahora  se dedicaba al presente sin meditar demasiado, hacia su trabajo, se alimentaba, iba y venia, sonreía  cuando le parecía oportuno, y después, nada, solo respirar, ver y oír, sin cuestionarse demasiado ni porque ni por cuanto.
El lunes no llegó. Perdió el presentismo sin aviso. De personal se cansaron de llamar a su teléfono. Pasaron dos días, ninguna noticia. No había familia a quien preguntar. Todos se conmocionaron por una semana y fue tema de conversación durante el almuerzo, los cafés y el baño de hombres y mujeres indistintamente.  Elucubraciones sin fin, un desmayo, un rapto, un accidente, una relación perversa, un brote psicótico, quien sabe, quien sabrá.
Con el boleto en la mano ese sábado en la estación, cerró los ojos y recordó  otro adiós, veinte años atrás.  El aire acaricio su cara. Sonrió. Subió al tren, se acomodó. El vidrio resquebrajado y sucio la reflejó. Se dijo a si misma:
-         A lo mejor soy otra y esto no me esta sucediendo.
Miró alrededor, no reconoció ninguno de los rostros que la rodeaban. Tal vez por primera vez presintió la presencia de  vida, en su mundo.

2 comentarios:

Hexilia dijo...

increible

Elbita dijo...

buenísimo...me gustó mucho, desde la primera lectura.
Te estamos extrañando
Besos. Elbita