martes, 21 de abril de 2009


Alta, delgada, vieja. La piel transparente con un dejo nacarado, los ojos como el mar, a veces grises, otras celestes. El pelo largo enmarañado, apenas un mechón le tapa la frente. Las manos finas, apenas arrugadas, no pueden quedarse quietas, los pies pisan apenas, queman, como le quema la locura ahí dentro.
Su corazón cansado quiere detenerse, ella no lo deja, cierra los ojos, aprieta los dientes y la sangre azulina recorre las venas empujándose cansinamente y llega. La maquina le abre sus puertas, las válvulas le hacen una reverencia, el aire fuerza, una espumilla blanca rellena burbujas y la sangre vuelve a salir por las arterias, es apenas un segundo, ella lo ve y lo siente como todo lo que encierra. Se mueven las mínimas porciones de su cuerpo, cabalgan sus células, silban sus alvéolos, cantan los pulmones. Los músculos tironean entre ellos , serruchan ligamentos y articulaciones. El útero seco, aletargado espera. El hígado refunfuña, el riñón gotea, el intestino explota. Todo funciona. El cerebro susurra órdenes , no permite que nadie le desobedezca. Todo en lo profundo de su cuerpo habla, grita, no para, no se detiene.
Es su espíritu agotado el que quiere abandonarse, no quiere pensar, quiere escapar al movimiento, quiere silencio.
Por eso, se concentra, les pide a todos un esfuerzo, ponerse alertas. Inspira hondo el aire salado y fresco, emprende una carrera hasta las olas, pelea, salta, se zambulle, nada contra la corriente que se empecina a traerla hasta la orilla y cuando el azul se transforma en negro, se deja estar, laxa, su cuerpo se vacía, flota etérea, se despoja la demencia, descansa al fin, encuentra el silencio.

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