El 126 8/10/2009.-
Tomaba el 126 todas las mañanas. En invierno, tapada hasta las orejas, guantes, bufanda, a veces gorro. En primavera vestida de colores claros. El verano me obligaba a atarme el pelo en una cola de caballo y a mostrar los brazos llenos de pecas que me daban mucha vergüenza.
Casi siempre el mismo chofer, un flaco pelilargo, de aspecto desprolijo, las manos como garras, los ojos saltarines y atentos me miraban con ternura. Casi siempre, porque puntualmente tomaba el que pasaba a las siete y cuarto.
Arriba, caras conocidas que hacían el mismo trayecto que yo. El gordito con los auriculares, los ojos entrecerrados todo el viaje, que tocaba el timbre apurado casi sobre la parada. Los dos albañiles sentados en el fondo, que iban a una obra en el centro, con las bolsitas de nylon llenas de pan y fiambre para el almuerzo. La chica bajita, aparentemente otra estudiante con las carpetas y el morral cruzado en bandolera. La señora canosa, circunspecta y cuidadosa, que no se cansaba de mirar a todos lados, temerosa que la robaran en un descuido.
Era enero, la mañana húmeda agobiaba. Subió dos paradas después, fresco y cantarín , silbando la ultima canción de moda. Fue amor a primera vista. Nuestros ojos somnolientos se cruzaron, se imantaron. La primer charla fue intrascendente, el clima, la ciudad y otras pavadas. Se bajo conmigo y caminamos varias cuadras. Los viajes en el 126 se repitieron todas las mañanas. Nuestros encuentros se prolongaban por la tarde.
El chofer me miraba cómplice, los albañiles nunca se percataron de nada, el gordito cada tanto se desconectaba y se daba vuelta en su asiento para clavarnos los ojos cuando nos reíamos a carcajadas. La señora, dio a entender que no lo aprobaba y la petisita desapareció, no se si por celos, vacaciones o mudanza
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