Inocente
El mozo trajo el cafecito
de costumbre. El bar aquel domingo no iba a esperarme hasta la madrugada, así
que abrí el cuaderno, prendí el grabador y empecé a transcribir la entrevista
haciendo esfuerzos increíbles para escribir a la velocidad de la luz y escuchar
claramente lo que en voz grave y oscura se decía por el aparato. El tipo
filosofaba sin prejuicios, hablaba del tiempo y de la vida. En mis labios
asomaba una sonrisa por lo incomprensible del discurso. Solo el silbato del
tren me trajo al mundo real, marcó el tiempo y al levantar la vista pude ver el
farol de la casa de enfrente ya encendido. Sin haber terminado el trabajo dejé el billete debajo del plato, crucé la calle distraído y sin mirar el semáforo.
El auto no alcanzó a frenar y mi trabajo terminó, inconcluso, las voces aplastadas
bajo las ruedas, acallado el tipo finalmente y yo inocente.

