domingo, 25 de marzo de 2012


Inocente
El mozo trajo el cafecito de costumbre. El bar aquel domingo no iba a esperarme hasta la madrugada, así que abrí el cuaderno, prendí el grabador y empecé a transcribir la entrevista haciendo esfuerzos increíbles para escribir a la velocidad de la luz y escuchar claramente lo que en voz grave y oscura se decía por el aparato. El tipo filosofaba sin prejuicios, hablaba del tiempo y de la vida. En mis labios asomaba una sonrisa por lo incomprensible del discurso. Solo el silbato del tren me trajo al mundo real, marcó el tiempo y al levantar la vista pude ver el farol de la casa de enfrente ya encendido. Sin haber terminado el trabajo dejé el billete debajo del plato, crucé la calle distraído y sin mirar el semáforo. El auto no alcanzó a frenar y mi trabajo terminó, inconcluso, las voces aplastadas bajo las ruedas, acallado el tipo finalmente y yo inocente. 

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